Diálogo de sordos.

Un sábado a las siete de la mañana se ven cosas raras en la ciudad. Uno las podría atribuir al viernes a la noche, pero se estaría engañando: Son claramente cosas que pasan un sábado a la mañana.

Justamente hoy fue que, después del trabajo, una de esas situaciones me esperaba frente a la parada del colectivo. Inmediatamente me imantó las pupilas al otro lado de la calle: Una discusión violenta en medio de un grupo, 3 varones y 3 mujeres eran. Una de las pibas estaba sacadísima «gritándole» de todo a otra, que no estaba menos enojada. La tercera intercedía de forma algo neutral, asustada de la actitud de la primera. Dos de los vagos miraban, se turnaban para abrazar a la más enojada y separarla de la otra. Un tercero, más lejos, analizaba el impacto de la escena entre el público presente: Un par de empleados que esperaban el colectivo, algunos proveedores y yo.

Entonces me descubrí mirando una especie de nota de Crónica TV en cuatro dimensiones y con el televisor en silencio: Todas esas personas eran mudas. Sin emitir ningún sonido, sus descargas de violencia nos ponían los ojos como huevos fritos a los que estábamos y a los que pasaban por ahí. Sus gestos de «te voy a matar», «me tenés la vena así» y «pará que no es para tanto» tenían una elocuencia digna de un cartel publicitario en la luna. Realmente inspirador. Seis personas distribuyéndose roles en «Calmemos a Margarita que tiene un pedo bárbaro».
Y sorprendían los abrazos. Porque claro, ¿qué le vas a decir a una persona en ese estado? No funcionaban, la tipa estaba recaliente. Estaban ahí, eran sentidos. Eran lo mejor que se podía hacer.

En eso el analista empieza a entablar diálogo con este servidor, levantando el pulgar como cierto romano megalómano diciendo «va a vivir», y después el puño agitándose despacio sobre la cabeza con el pulgar señalando a la boca («se tomó hasta el agua de los charcos»), y las palmas abanicando la ingle en movimiento de revolver («la verdad que me tiene los huevos inflados»). Siempre con una sonrisa.

Después de un rato más de discutir y querer matarse o calmarse, cambiar papeles y otras cosas relativamente predecibles, se perdieron todos a la vuelta de la esquina y me dejaron a mí con mi hábito de concluir cosas: por un lado, sordos o no, las broncas se mantienen cuando no nos escuchamos entre nosotros. Y por otro, se entiende perfectamente que el cine mudo haya funcionado.

Publicado en Anécdotas de la vida cotidiana. | Deja un comentario